Era la mañana del 1 de enero.
Érika estaba eufórica porque durante el 31 de diciembre había conseguido mantener al espectro que le hacía sufrir alejado, pero no estaba tan segura de que de ahí en adelante el fantasma dejara de acosarla.
Érika se pasó todo el día con sus cinco sentidos en alerta máxima por si aparecía su "amiguito" para arruinarle su primer día del nuevo año.
Por fortuna, pudo irse a la cama respirando tranquila porque el fantasma había respetado su deseo de pasar un buen comienzo de año.
Pero este espectro no concedía segundas oportunidades. Por eso, en cuanto el viejo reloj de cuco que lucía la majestuosa pared del salón dio las doce de la noche... El fantasma se introdujo en la mente de Érika y le hizo vivir la pesadilla más horrible que os podáis imaginar.
Suerte que las pesadillas no duran eternamente...
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